miércoles, 9 de enero de 2013

Innovación docente

Caminando hacia una innovación docente



Comenzar a escribir es lo más difícil para realizar una reflexión, en este caso sobre los métodos de enseñanza y la innovación docente. Por eso empezaré desde cero, obviando ciertas vivencias educativas que he interiorizado, sin darme cuenta, a lo largo de mi vida. 
Ser un alumno/a que asume un rol de adquisición de conocimientos de forma pasiva siempre se ha asimilado como algo normal, como una forma de enseñanza tradicional, considerada la mejor o más efectiva. A lo largo de mi carrera he conocido otras formas de enseñar y que en este trimestre hemos trabajado y analizado bastante.

Lo más importante que he aprendido es que no se puede ser profesor antes de ser profesor, es decir, se es docente cuando vives los problemas de una clase concreta, en un entorno específico y en un tiempo irrepetible. En ese momento se aprende a ser profesor, antes sólo has estado formándote.

La pregunta que nos hacemos todos los que nos dedicamos a la educación responde a  qué tipo de escuela queremos para la sociedad en que vivimos. Supongo que la escuela que queremos es un lugar para convertir a las futuras generaciones en mejores personas, formar ciudadanos inteligentes, enseñarles a ser felices y a valorar lo que tienen así como ser ambiciosos en cuanto a crecer personal y moralmente. Pero a la hora de la verdad, hay muchas cosas que se escapan en esa gran escuela que anhelamos, como atender adecuadamente a la diversidad, a la igualdad de oportunidades, aprovechar la riqueza de culturas e ideas que se nos presenta en un aula… por ello es necesario innovar. Ahí es donde interviene, a mi juicio, el orientador/a del centro, para recordar a los profesores/as ese sueño de conseguir una escuela adecuada a todas las personas atendiendo a sus peculiaridades, pues ya es bastante difícil el trabajo del docente al tener que guiar a su alumnado en muchos ámbitos además de transmitirles conocimientos para la vida.

Asimismo, innovar no sólo hace referencia a utilizar las nuevas tecnologías para captar la atención del alumnado y prepararles para la sociedad del futuro donde el papel y el lápiz desaparecerán algún día. No, esa no es la única innovación que perseguimos. Innovar significa empezar por uno mismo, expresa convertir al alumnado en protagonista. Enseñarle que aprender no es memorizar, que educarse es un placer en sí mismo donde la propia persona puede disfrutar de sus conocimientos. Igualmente, en esta asignatura hemos visto algunos tipos de escuela alternativas inspiradas en el método de Pestalozzi o Montessori. Como dije al principio, me gustaría no poner como ejemplo ese método de enseñanza al que algunos profesores nos han tenido acostumbrados y nos han hecho creer que es el mejor, pues pienso que por partir de dichos métodos, nunca había estado a favor de este tipo de escuelas alternativas. Pero en realidad, parándonos para analizarlas, éstas sí innovan y mejoran el tipo de enseñanza actual. Por un lado, hacen posible que los alumnos aprecien la educación, entiendan los contenidos, experimenten y se conviertan en protagonistas. Además, ocurre algo muy importante, disfrutan aprendiendo, siendo este procedimiento natural y completo.

A raíz de una reflexión, de querer innovar, surge un proyecto muy relacionado con la inclusión o mejor dicho, fundamentado en la inclusión: el proyecto Roma. Dicho proyecto nace de la ilusión por hacer realidad el sueño de la escuela que todos queremos, ese entorno basado en la necesaria inclusión en todos sus ámbitos. En un principio se estudió a las personas con Síndrome de Down defendiendo que no tienen un déficit mental: se comunican, sienten y aman, actúan y piensan. A raíz de esos estudios y, con este proyecto, se está consiguiendo que muchos profesores no se preocupen por integrar a sus alumnos y alumnas atendiendo a la diversidad sino que se basan directamente en la inclusión, es decir, todos con nuestras particularidades tenemos cabida en cualquier actividad, situación educativa y de la vida. De este modo,  se defiende que no podemos cambiar a las personas pero sí los sistemas, se trata de un proyecto solidario para cambiar el contexto del sujeto y no al propio sujeto. Como vemos, se trata de un proyecto de innovación con un fin moral. Como señala Miguel López Melero en su artículo “Una cultura escolar más humanizada”, los proyectos son un modo de “aprender a aprender en colaboración”. Es decir, un modo de “enseñar a pensar y de enseñar a hacer”, donde el debate dialógico que acompaña a todo el proceso inclina al profesorado y al alumnado a llegar a un consenso antes de tomar cualquier decisión (Habermas, 1989).

Entonces, teniendo en cuenta todo lo anterior, ¿qué significa la innovación docente? Simboliza ver la realidad, analizar, es decir, cambiar para mejorar. Podemos conseguirlo a través de la Investigación – Acción. Es un círculo que siempre se repite: analizamos la realidad, cambiamos para mejorar, surgen dudas y reflexiones y por ello volvemos a analizar. El mencionado Proyecto Roma innova no sólo por fundamentarse en la transparencia de la inclusión sino porque es capaz de coordinar diversos métodos educativos basados en la cooperación, método por proyectos, etc. Y lo más importante, no diferencia a los alumnos/as en especiales o normales o mira cuál es su procedencia,  utiliza la diferencia como valor y riqueza. Es más, distingue el concepto de educación especial con la educación inclusiva, siendo esta última aquella que no se centra en déficits sino en personas. Como destaca López Melero en su artículo sobre aulas de convivencia y aprendizaje, consideramos  que  este  principio hay que interpretarlo como que existe una única ley del desarrollo: todo  el  mundo  se  desarrolla.  Unos  de  una manera y otros de otra, pero siempre desarrollo inteligente. Debido a que “el retraso se ha tomado como una cosa y no como un proceso” (VYGOTSKY, L. 1995, p. 101).

Muy relacionado con todo lo descrito nos preguntamos ¿cómo podemos controlar la mejora de la enseñanza? en mi opinión, pienso que el docente debería plantearse si lo que explica interesa verdaderamente a los alumnos, es decir ¿estamos seguros de que prevalecen los intereses de los educandos por encima de los del maestro o del sistema educativo? Y con esto me refiero a la necesidad de calificar como valoración o medición. Una mala nota puede cambiar emocionalmente a algunas personas, derrumbar su ánimo y ganas de seguir. Por eso ¿es realmente justo evaluar?  Contestando a esta pregunta, sí es preciso valorar. Pero no nos referimos a la medición poniendo un número sino a la adecuada valoración como necesidad para conocer al alumnado y para felicitarle por su avance en el aprendizaje, ya que formarse no es fácil, requiere tiempo y esfuerzo, el cual debemos premiar.

Finalizando con esta reflexión, he de decir que he aprendido más de lo que pensaba y que he recordado conceptos aprendidos a lo largo de mi carrera y de mi vida, los cuales permanecían en algún rincón olvidado de mi memoria. Me gustaría, en un futuro formar parte de esos docentes que utilizan todos los recursos posibles, innovan en sus clases, se basan en diferentes métodos, reconocen la riqueza cultural y de todos los tipos de diversidad para mejorar cualquier situación que se presente y así quedar en el recuerdo de los estudiantes como aquellos con los que realmente se aprendió y se disfrutó, de quien se siga el ejemplo.


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